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El árbol que hoy se alza con naturalidad junto al Pesebre no siempre gozó de aceptación en el ámbito católico. Su presencia es el resultado de una historia larga, compleja y en cierto modo de reconciliación.

Cada 15 de diciembre, cuando cae la tarde en Roma y las luces comienzan a vencer a la discreta niebla invernal, la plaza de San Pedro se prepara para uno de los gestos más esperados del tiempo de Adviento: el encendido del árbol de Navidad.
Sin embargo, el árbol que hoy se alza con naturalidad junto al Pesebre no siempre gozó de aceptación en el ámbito católico. Su presencia es el resultado de una historia larga, compleja y en cierto modo de reconciliación.
El origen del árbol de Navidad
El árbol de Navidad, tal como lo conocemos, tiene su origen en las regiones del norte de Europa, los pueblos antiguos decoraban árboles perennes durante el solsticio de invierno como símbolo de vida que resiste al frío y a la oscuridad. Con el paso de los siglos, estas prácticas fueron reinterpretadas a la luz de la fe cristiana.
En el contexto cristiano, el árbol comenzó a asociarse con Cristo como “árbol de la vida”, con la esperanza que no muere por estar siempre verde y con la luz que vence a las tinieblas.
El testimonio más antiguo es del 1419, en el hospital del Espíritu Santo en Friburgo, cuando se decoró un pequeño árbol con galletas y decoraciones varias. El primer abeto iluminado con velas, parece ser el 1708, realizado en Francia por encargo de la esposa alemana del duque de Orleans, lo que despertó estupor en la corte del Luis XIV.
Se sabe también que en la Navidad del 1800 en Windsor la esposa del rey Jorge III hizo montar un árbol decorado con dulces, fruta seca y otros regalos, que venían distribuidos también entre los niños de los empleados.
Si bien fue la Reina Victoria quien en 1848 lo inmortalizó en l’Illustrated London News, con una lámina della familia real inglesa entorno al árbol de Navidad.
Desconfianza y rechazo en el mundo católico
Durante mucho tiempo, el árbol de Navidad fue visto con recelo por amplios sectores del catolicismo. Se le consideraba una costumbre ajena, vinculada al protestantismo e incluso a ritos paganos precristianos y como una sustitución al Pesebre -con su fuerte arraigo franciscano y su clara referencia al misterio de la Encarnación- que es el centro de la celebración navideña. No faltaron voces que lo consideraron una moda superficial o una desviación de la auténtica piedad cristiana.
De símbolo sospechoso a signo universal
El cambio de mirada se fue gestando lentamente a lo largo del siglo XX y su significado fue reinterpretado desde la fe: las luces como Cristo luz del mundo, los adornos como dones, la estrella en lo alto como la que guió a los Magos.
Un momento decisivo en este proceso fue su incorporación en 1982 del árbol natalicio en la plaza de San Pedro en por deseo del papa san Juan Pablo II, que profundamente sensible a las tradiciones populares y al lenguaje simbólico, entendió el valor evangelizador del árbol de Navidad.
El árbol que hoy se enciende
Así, cuando este 15 de diciembre de 2025 con el encendido del abeto rojo de casi 26 metros de altura en la plaza de San Pedro, que llega de la provincia italiana autónoma de Bolzano, es la memoria viva de un camino de integración cultural y espiritual: un símbolo que pasó de sospechado a ser acogido, de la división a la comunión.
Así en medio del bullicio y consumismo del mundo contemporáneo, mientras en el período navideño sigue la guerra en el este de Europa debido a la agresión rusa, sin olvidar la dramática situación en Medio Oriente, el Papa León reitera su llamado a la paz, con justicia, verdad y esperanza. Y el árbol de Navidad al lado del Pesebre, proclama en silencio el mismo mensaje: en Navidad llega la luz traída por el Niño Jesús.
